Nemesio Oseguera Cervantes de 59 años, conocido como “El Mencho”, finalmente cayó abatido el 22 de febrero en un enfrentamiento con elementos del ejército mexicano. Sus inicios delictivos comenzaron bajo las órdenes de Ignacio “Nacho” Coronel, hombre de confianza de Joaquín “El Chapo” Guzmán cuya misión era defender la plaza de Jalisco y los intereses del cartel de Sinaloa a través de la banda conocida como “Cartel del Milenio”, el brazo armado de la organización para ejecutar a los grupos rivales, especialmente a los “Zetas”.
Tras la aprehensión de Nacho Coronel, se diluyó el Cártel del Milenio y emergió el CJNG con “El Mencho” al mando y, en pocos años, construyó un modelo de expansión territorial basado en la ocupación violenta de territorios estratégicos. A diferencia de otros cárteles, el grupo apostó presumir su fuerza: convoyes blindados, elementos exhibiendo armas de alto calibre, videos de entrenamiento para difusión en redes sociales y ataques directos contra fuerzas del Estado.
Con el tiempo se fortaleció económicamente y su organización se convirtió en una de las más sanguinarias y poderosas del crimen organizado por su alta producción y tráfico de drogas, además del consolidar una estructura financiera sofisticada con alcance internacional
Dominio territorial y expansión internacional
El bastión histórico del CJNG fue Jalisco, desde ahí extendió su influencia en Michoacán, Colima —clave por el puerto de Manzanillo—, Guanajuato, Veracruz, Zacatecas, San Luis Potosí, Morelos, Guerrero, Puebla, Baja California y Quintana Roo, entre otras entidades. El objetivo siempre fue dominar nuevos territorios mediante células armadas, alianzas, intimidación o disputas abiertas contra organizaciones rivales.
El puerto de Manzanillo resultó fundamental para la importación desde Asia de precursores químicos, insumo clave en la producción de metanfetaminas y fentanilo. Este control estratégico le permitió consolidarse como uno de los principales productores de drogas sintéticas del continente americano, Australia y parte de Europa.
Con este ritmo, el CJNG cruzó rápidamente las fronteras nacionales. Investigaciones de la DEA documentaron su presencia operativa en Estados Unidos, donde se convirtió en uno de los principales proveedores de metanfetamina y fentanilo principalmente en Los Ángeles, Chicago, Atlanta y Nueva York; además de establecer vínculos con organizaciones delictivas de Colombia para el suministro de cocaína. Esta estructura convirtió al CJNG en una organización criminal transnacional con capacidad de adaptación global y diversificación de mercados.
“Los Cuinis”: la maquinaria financiera
Detrás del despliegue armado existía la arquitectura financiera compleja. De acuerdo con la DEA, el brazo económico del CJNG operaba bajo la estructura conocida como “Los Cuinis”, liderada por Abigael González Valencia, cuñado de Nemesio Oseguera.
Esta red habría establecido empresas fachada en sectores comerciales como bienes raíces, agricultura, comercio exterior y turismo para lavar recursos provenientes del narcotráfico. El esquema incluía exportaciones simuladas, triangulación de transferencias internacionales y diversificación de inversiones.
En paralelo, el CJNG implementó un sistema sistemático de extorsión a pequeños y medianos negocios en territorios bajo su influencia. Comerciantes, constructoras, productores agrícolas y empresarios locales eran obligados a pagar cuotas periódicas bajo amenaza directa. Esta doble vía —sofisticación financiera internacional y presión económica local— permitió generar liquidez constante y financiar su dominio territorial.
Guerra de cárteles y atentados de alto perfil
Los mensajes con altos niveles de violencia para enfrentar a grupos rivales también tenían la intención de atemorizar a la sociedad civil, fueron una constante en la operación del CJNG. Una de sus primeras masacres ocurrió en septiembre de 2011, cuando abandonaron 35 cadáveres con huellas de tortura en una de las principales avenidas de Boca del Río, en Veracruz.
La consolidación del CJNG se apoyó con violencia de alto impacto, en Michoacán logró desplazar a organizaciones como Los Zetas y Los Caballeros Templarios mediante enfrentamientos abiertos y ocupación armada de regiones estratégicas.
Sostuvo una confrontación permanente contra Joaquín «El Chapo» Guzmán y el Cártel de Sinaloa por el control de rutas hacia Estados Unidos, laboratorios clandestinos y puertos clave. Esta disputa combinó traiciones internas, alianzas tácticas y episodios de violencia selectiva que alteraron equilibrios históricos dentro del narcotráfico mexicano.
Otro de los eventos más desafiantes de confrontación abierta hacia el gobierno, fue el atentado en junio de 2020 contra el entonces secretario de Seguridad Pública de la CDMX, Omar García Harfuch, quien sobrevivió a la emboscada ordenada por “El Mencho”, donde participaron al menos 25 sicarios que accionaron sus armas de alto calibre. El ataque mostró capacidad logística, armamento de alto poder y disposición para confrontar al Estado en el corazón político del país.
En 2022, el periodista Ciro Gómez Leyva fue víctima de un atentado que evidenció la vulnerabilidad de figuras públicas frente a células criminales con amplio margen operativo. Ambos casos reforzaron la percepción de que el CJNG no solo competía con otros cárteles, sino que estaba dispuesto a desafiar abiertamente al Estado y a la prensa.
En marzo de 2025 fue descubierta una de las operaciones de adiestramiento táctico que el CJNG efectuaba en el Rancho Izaguirre, localizado en Teuchitlán, Jalisco; bajo una fachada agrícola operaba como centro de operaciones y de reclutamiento forzado para enrolar a jóvenes. Con este nivel de coacción, se evidenció la facilidad del grupo para operar con infraestructura clandestina y discreta en su territorio y lo más grave: la complicidad criminal profunda con autoridades en estas actividades ilícitas, que difícilmente podrían sostenerse sin la discreción institucional.
La caída del capo
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes anunciada el 22 de febrero de 2026 por el general Ricardo Trevilla Trejo, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, representa un triunfo operativo indiscutible; sin embargo, la historia de las últimas décadas obliga a matizar cualquier celebración anticipada contra el crimen organizado.
Desde los años 90 varios líderes del narcotráfico han caído, tal es el caso de Miguel Ángel Félix Gallardo, Amado Carillo Fuentes, Osiel Cárdenas Guillén, Heriberto Lazcano “El Z-40”, los hermanos Beltrán Leyva; además de la detención de Joaquín «El Chapo» Guzmán y de Ismael “Mayo” Zambada. El despojo de su poder solo ha contribuido a la reconfiguración de sus organizaciones y del mapa criminal en el territorio mexicano, pero no ha disminuido el tráfico de drogas ni el nivel de inseguridad en nuestro país. Parece que el aumento de violencia no puede ser contenida por ninguna autoridad estatal ni federal, como lo vivimos el día que abatieron a “El Mencho”.
Si la estructura financiera del CJNG, incluyendo redes de lavado de dinero a cargo de “Los Cuinis”, las rutas internacionales, la infiltración institucional y la consecuencia de extorsiones permanecen intactas; el vacío de liderazgo puede convertirse en detonador para nuevas disputas. La experiencia mexicana demuestra que los mercados ilícitos no desaparecen precisamente con la caída de su líder, pero sí se adaptan a las nuevas circunstancias.
¿Victoria estructural o espejismo estratégico?
Durante décadas, la infiltración criminal en cuerpos de seguridad municipales y estatales ha debilitado cualquier intento de consolidar presencia territorial permanente. La coerción mediante sobornos, amenazas o complicidades políticas actúan como un cáncer institucional que, lejos de erradicarse por completo, muta y reaparece fortalecido.
No perdamos de vista que México enfrenta así un momento decisivo: en junio próximo será anfitrión, junto con Estados Unidos y Canadá, de la Copa Mundial de la FIFA 2026. En ese contexto, la persistencia de episodios violentos vinculados al crimen organizado impacta negativamente en la imagen internacional del país sobre seguridad y estabilidad.
En la sobremesa común, la discusión trasciende nombres y apodos: ¿estamos ante el inicio de una nueva etapa en la política de seguridad o frente a un ciclo más de sustitución dentro de un mercado ilícito que ha demostrado capacidad de adaptación? La respuesta definirá no solo el futuro del combate al narcotráfico, sino la estabilidad institucional y la reputación internacional de México (al menos) en lo que resta del sexenio.

