El 22 de febrero de 2026, un operativo militar en Jalisco marcó un antes y un después en la lucha contra el narcotráfico en México. Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como ‘El Mencho’, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación, fue abatido, y su muerte ha desatado una ola de violencia que recorre el país. Ciudades y pueblos se vieron rápidamente afectados, convirtiéndose en escenario de bloqueos de carreteras y incendios de vehículos, mientras que hospitales se convierten en focos de conflicto.
La reacción de las autoridades federales fue inmediata. En un intento por recuperar el control, han intensificado la seguridad en al menos once estados que han reportado alteraciones del orden público. En este contexto, los enfrentamientos entre las fuerzas del orden y grupos del crimen han comenzado a aumentar, complicando aún más una situación ya de por sí tensa. La respuesta del Ejecutivo mexicano se ha centrado en la idea de que la caída de ‘El Mencho’ es un paso significativo en la lucha contra el narcotráfico, al mismo tiempo que plantea interrogantes sobre las repercusiones políticas que esto podría generar.
La atmósfera social y política está lejos de ser tranquila. La muerte de un líder tan influyente, que durante años ejerció un férreo control sobre el narcotráfico, genera incertidumbre sobre quién llenará el vacío de poder dejado tras su desaparición. Los ciudadanos sienten la inquietud de que esta transición de liderazgo podría dar lugar a un recrudecimiento de la violencia, o incluso a una lucha interna entre facciones rivales por el control de los territorios.
La administración actual enfrenta el reto de estabilizar las áreas más golpeadas por este vacío. La intervención del gobierno se vuelve crucial no solo para contener la violencia inmediata, sino también para abordar las implicaciones a largo plazo de la caída de un líder que ya estaba tan arraigado en la estructura del crimen organizado. La decisión de cómo proceder en este nuevo panorama será un reflejo de la capacidad del Estado para responder a las necesidades de seguridad de sus ciudadanos y a la vez lidiar con los efectos colaterales de un enfrentamiento prolongado.
Mientras el país sigue adelante, los ojos están puestos en el desenlace de esta crisis. Las acciones que se tomen en las próximas semanas determinarán no solo el rumbo de la lucha contra el narcotráfico, sino también la percepción pública sobre la seguridad y la estabilidad en México.

