El exembajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, afirma en un libro que el expresidente Andrés Manuel López Obrador temía que Ismael ‘El Mayo’ Zambada, cofundador del Cártel de Sinaloa, revelara información comprometedora una vez que cayera en manos de la justicia estadounidense. La revelación, que proviene de quien fue uno de los diplomáticos más cercanos a la relación bilateral durante el gobierno de López Obrador, añade una capa de complejidad a una historia que ya de por sí había sacudido la política de seguridad de México.
La declaración de Salazar importa por varias razones. No proviene de un adversario político ni de una fuente anónima: proviene de un funcionario que operó durante años en el centro de la relación México-Estados Unidos, que tuvo acceso privilegiado a conversaciones de alto nivel y que ahora, fuera del cargo, elige hacer públicas sus percepciones en un formato que tiene mayor permanencia que una entrevista. Un libro implica deliberación. Implica que lo que se escribe se ha sostenido ante la revisión, legal y editorial. Eso le da un peso distinto a lo que podría parecer, en una lectura superficial, simplemente una anécdota diplomática.
La captura de ‘El Mayo’ y el terremoto político que desató
En julio de 2024, Ismael ‘El Mayo’ Zambada fue detenido en territorio estadounidense en circunstancias que todavía generan debate. Su llegada a suelo norteamericano —a bordo de una avioneta, según versiones publicadas— y la simultaneidad de su captura con la de Joaquín Guzmán López, hijo del ‘Chapo’, desataron una crisis diplomática entre México y Estados Unidos que afectó visiblemente la relación bilateral en los últimos meses del gobierno de López Obrador.
México rechazó haber tenido conocimiento de la operación. Washington no ofreció explicaciones detalladas de inmediato. En ese vacío informativo, la pregunta sobre qué sabía cada gobierno y cuándo lo sabía quedó sin respuesta oficial. Lo que Salazar ahora describe en su libro se inscribe precisamente en ese momento de opacidad institucional: la tensión entre dos gobiernos que compartían retórica de cooperación pero que operaban, en los hechos, con agendas que no siempre coincidían.
Qué puede significar el ‘temor’ que describe Salazar
Que un expresidente tema lo que un capo detenido pueda declarar ante la justicia de otro país es, en sí mismo, un dato político de primer orden. No implica necesariamente que exista una relación directa entre ambos, pero sí que la información que ese individuo pueda poseer tiene la capacidad de afectar reputaciones, instituciones o narrativas.
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El ‘Mayo’ Zambada no es un personaje menor. Durante décadas fue uno de los operadores más longevos y discretos del crimen organizado en México. Su conocimiento del entramado entre el poder político y el narcotráfico, si decide cooperar con los fiscales estadounidenses, podría incluir nombres, fechas, acuerdos y mecanismos que hasta ahora han permanecido fuera del registro público. Eso convierte su eventual testimonio en un instrumento con consecuencias que van mucho más allá de un proceso penal individual.
La descripción de Salazar sugiere que ese potencial no pasó desapercibido en los círculos más altos del gobierno mexicano. Lo que el exembajador narra puede leerse como una señal de que la captura de Zambada fue percibida, desde la cúpula política, no solo como un evento de seguridad sino como una variable de riesgo político.
La voz de Salazar: entre el testimonio y la interpretación
Ken Salazar llegó a México como embajador en 2021, en uno de los momentos más tensos de la relación bilateral. Fue actor y testigo de episodios que incluyeron disputas por el fentanilo, la política energética, el acuerdo comercial y las fricciones por la captura del general Cienfuegos años atrás. Su mandato no estuvo exento de controversias propias: fue criticado tanto desde México como desde sectores de Washington por sus posicionamientos en distintas coyunturas.
Eso no anula su testimonio, pero obliga a leerlo con la misma cautela con la que se debe leer cualquier relato de alguien que fue parte activa de los eventos que describe. Los libros de ex diplomáticos son documentos valiosos, pero también son actos de posicionamiento. Salazar escribe desde un lugar político y biográfico concreto, y eso forma parte del contexto necesario para evaluar lo que dice.
Lo que sí resulta difícil de desestimar es el peso institucional de quien habla. No es un periodista de investigación ni un analista externo: es alguien que estuvo en la sala.
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México, el crimen organizado y la difícil arquitectura del poder
La relación entre el Estado mexicano y el crimen organizado no es un tema nuevo ni un escándalo que emerja con cada revelación. Es una tensión estructural que atraviesa décadas de historia política del país y que ningún gobierno ha logrado resolver de fondo. Lo que cambia con el tiempo son los actores, los mecanismos y la visibilidad pública de esa relación.
Lo que el relato de Salazar expone, si se acepta como válido, es la forma en que esa tensión estructural opera incluso en los niveles más altos de la toma de decisiones. No como una conspiración cinematográfica, sino como una variable de cálculo político que los gobiernos deben administrar, con mayor o menor transparencia, en tiempo real.
El actual gobierno de Claudia Sheinbaum ha heredado esa arquitectura institucional y enfrenta sus propios desafíos en materia de seguridad. Lo que ocurra con el proceso judicial de Zambada en Estados Unidos —y especialmente lo que el propio Zambada decida declarar— tendrá consecuencias que no se agotan en el pasado. Podrían proyectarse sobre el presente político de México con una fuerza que el sistema institucional deberá estar preparado para absorber.
La historia del poder en México rara vez se escribe en tiempo real. Se escribe, como en este caso, cuando alguien que estuvo dentro decide hablar. Y eso, por incómodo que resulte, es también parte de cómo funcionan las democracias: los testimonios emergen, las versiones se confrontan, y la sociedad debe decidir qué hacer con ellas.

