Rosario Robles volvió a escribir. Y en esa decisión, aparentemente simple, hay más de una señal que vale la pena leer con calma. Su columna en El Universal, titulada Todo menos el olvido, no es solo un ejercicio de expresión personal: es el acto deliberado de una figura pública que atravesó uno de los procesos judiciales más debatidos del México reciente, y que elige la escritura como forma de no desaparecer del debate colectivo. En un país donde el olvido ha sido instrumento de poder, esa elección tiene peso político aunque no lo pretenda.
El hecho importa no porque Robles sea necesariamente heroína o villana de ningún relato, sino porque su caso encarna tensiones que la sociedad mexicana no ha resuelto: los límites de la responsabilidad política, el uso del sistema penal en disputas de poder, las condiciones del proceso judicial y la pregunta de fondo sobre qué hace el Estado con quienes gobernaron antes. Que ella tome la pluma y hable desde su propia experiencia obliga a revisitar esas preguntas, independientemente de la posición que cada lector tenga sobre su culpabilidad o su inocencia.
Una voz que regresa al espacio público
Rosario Robles fue Secretaria de Desarrollo Social y Secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano durante la administración de Enrique Peña Nieto. Su detención en 2019, vinculada al caso conocido como la Estafa Maestra, marcó un punto de inflexión en la narrativa oficial del primer año del gobierno de López Obrador. El caso fue presentado como símbolo de la lucha anticorrupción, aunque sus circunstancias procesales generaron cuestionamientos persistentes entre juristas y organizaciones de derechos humanos.
Después de permanecer en prisión preventiva durante más de tres años, sin sentencia condenatoria firme, Robles recuperó la libertad en 2022 tras un acuerdo de culpabilidad que ella misma ha cuestionado públicamente. Que ahora escriba sobre el olvido no es un gesto menor: es un intento de recuperar agencia narrativa sobre una historia que durante años fue contada por otros, desde el poder, desde los medios o desde la fiscalía.
El olvido como categoría política
En México, el olvido no es siempre espontáneo. Hay casos, figuras y decisiones que desaparecen del debate público porque el sistema político —en sus distintas formas— tiene interés en que así sea. Y hay otros que permanecen, no porque la sociedad los recuerde con pasión, sino porque quienes los protagonizaron deciden mantenerse visibles.
La escritura de Robles puede leerse como un ejercicio de ese segundo tipo. Al elegir el título Todo menos el olvido, está planteando una posición: que su experiencia, su versión y sus reflexiones merecen un lugar en el registro colectivo. No necesariamente como reivindicación política inmediata, sino como parte de un relato más amplio sobre lo que ocurrió en México entre 2019 y 2022, en los años en que el sistema judicial fue protagonista de una disputa que nunca fue estrictamente jurídica.
El tema abre una discusión sobre cómo las sociedades democráticas procesan a sus ex funcionarios: si a través del derecho, de la política o de la opinión pública. Y sobre qué sucede cuando esos tres registros se mezclan de forma confusa, como ocurrió en este caso.
El proceso judicial que nunca cerró bien
El caso de Rosario Robles dejó heridas institucionales que todavía no cicatrizan del todo. La prisión preventiva prolongada, los cuestionamientos al debido proceso, la presión mediática que rodeó cada etapa del juicio y la forma en que el caso fue usado como argumento político por distintos actores: todo eso forma parte de un expediente que va más allá de la culpabilidad individual.
La pregunta que el caso dejó pendiente no es solo si Robles es culpable de algo. Es si el proceso con el que el Estado mexicano la procesó cumplió con los estándares mínimos de un sistema judicial que se pretende independiente. Esa pregunta no favorece ni perjudica a ningún partido: interpela al sistema entero.
Para organizaciones que monitorean el uso de la prisión preventiva en México, el caso fue uno de los más emblemáticos de una práctica que afecta a cientos de miles de personas sin nombre ni tribuna. La diferencia es que Robles tenía acceso a medios, abogados y plataformas. La mayoría no.
Escribir desde la experiencia: periodismo, memoria y poder personal
Que una ex funcionaria escriba columnas de opinión no es en sí mismo noticia. Pero el contexto importa. Robles no escribe desde la comodidad del retiro o desde la distancia del tiempo. Escribe desde una experiencia reciente, traumática y todavía procesada en voz alta. Eso le da a su escritura una textura distinta: no es análisis político de salón, sino testimonio de alguien que estuvo del otro lado del poder que una vez ejerció.
La decisión se inscribe en una tradición conocida en la política latinoamericana: la de quienes, después de caer, eligen las palabras como forma de recomponerse. No siempre esas palabras son verdaderas. No siempre son útiles. Pero el hecho de que existan forma parte del registro histórico, y ignorarlas tampoco es una postura neutral.
Lo que queda cuando el ruido mediático pasa
Los grandes casos judiciales con carga política tienden a dejar, una vez que el interés mediático decae, una zona gris. Ni absolución completa ni condena definitiva en el imaginario público. Solo una figura que cargará para siempre con el peso de haber sido acusada, independientemente de lo que los tribunales hayan resuelto.
En ese sentido, la escritura de Robles puede leerse también como una disputa por ese territorio intermedio: el espacio donde la memoria personal intenta negociar con la memoria pública. Es un proceso que nunca es limpio ni definitivo. Pero que dice algo sobre cómo funciona el poder cuando ya no se ejerce desde una secretaría, sino desde una columna de opinión en un diario nacional.
Lo que queda, al final, no es un veredicto sino una pregunta abierta: ¿cómo quiere México recordar este capítulo? No solo a ella, sino al proceso entero, con sus opacidades, sus excesos y sus silencios.

