Cuando un historiador de la talla de Jean Meyer decide escribir sobre el nuevo papa y vincularlo con la obra literaria de J.R.R. Tolkien, el gesto no es menor. El ensayo que Meyer publicó en El Universal bajo el título León XIV y el Señor de los Anillos propone una lectura que va más allá del ejercicio de estilo: conecta la simbología del poder con la institución más antigua de Occidente y plantea, entre líneas, una pregunta sobre lo que significa heredar un nombre y una autoridad en el siglo XXI. León XIV y el papado como institución viva, no como reliquia, es el verdadero objeto de reflexión.
La elección del nombre pontificio es siempre un acto político y teológico al mismo tiempo. No hay papa que elija su nombre sin calcular el peso de quienes lo llevaron antes. León XIII, que gobernó la Iglesia entre 1878 y 1903, dejó una huella social y doctrinal que aún hoy se cita como fundamento del pensamiento social católico. Retomar ese nombre en pleno siglo XXI es una declaración de intenciones que Meyer lee con la profundidad de quien ha dedicado décadas al estudio de la Iglesia, el poder y la historia de México y Europa.
El nombre como programa: la herencia de los León
En la tradición pontificia, el nombre elegido al inicio de un papado funciona como una señal dirigida simultáneamente a la institución, a los fieles y al mundo secular. No es un capricho ni una formalidad: es el primer acto de gobierno simbólico. León XIII es recordado sobre todo por la encíclica Rerum Novarum, el documento que en 1891 abrió el diálogo entre la Iglesia y la cuestión social moderna, reconociendo la dignidad del trabajador y los límites del capitalismo sin renunciar al orden institucional.
Que un nuevo papa retome ese nombre implica, al menos potencialmente, una voluntad de inscribirse en esa tradición de interlocución con el mundo contemporáneo. Meyer lo observa con la cautela del historiador: los nombres prometen, pero los papados se miden por sus decisiones. La institución tiene su propio peso, su propia inercia, y ningún nombre garantiza por sí solo una dirección de gobierno.
Tolkien en el Vaticano: el poder que no puede ser solo portado
La referencia tolkieniana que introduce Meyer no es decorativa. En El Señor de los Anillos, el anillo del poder no puede ser simplemente usado: transforma a quien lo porta, lo somete, lo corrompe si no hay una renuncia activa a su lógica. Es una metáfora sobre la naturaleza del poder absoluto y los peligros de creer que se puede ejercer sin ser afectado por él.
Aplicada al papado, la imagen es incómoda y precisa. La institución papal concentra una autoridad moral, espiritual e incluso política de alcance global. El riesgo que Tolkien ilustra —el de quien porta el poder convencido de usarlo para el bien, pero termina siendo usado por él— es una advertencia que Meyer parece dirigir tanto a la institución como a quienes la observan desde afuera con expectativas desmedidas.
La lectura no es antieclesiástica ni irreverente. Es la de un intelectual que conoce la Iglesia desde adentro de la historia y que elige una metáfora literaria precisamente porque la ficción a veces dice lo que el análisis institucional no puede.
Jean Meyer como intérprete del poder religioso en México y el mundo
Meyer no es un observador casual del fenómeno religioso. Su obra sobre la Cristiada —el conflicto entre la Iglesia católica y el Estado mexicano en los años veinte del siglo pasado— lo convirtió en una referencia ineludible para entender cómo el poder religioso y el poder civil se tensionan, negocian y a veces se destruyen mutuamente. Desde esa perspectiva, su lectura de León XIV tiene un fondo que va más allá del comentario coyuntural.
Lo que Meyer parece proponer es una reflexión sobre la continuidad institucional de la Iglesia en un mundo que ha cambiado radicalmente. El papado ya no tiene los instrumentos de poder temporal que tuvo durante siglos, pero conserva una influencia sobre millones de personas en todos los continentes. Esa influencia no es poder en el sentido weberiano clásico, pero tampoco es irrelevante para la política global, los derechos humanos, los conflictos geopolíticos o los debates sobre migración, pobreza y justicia.
El papado como institución que observa y es observada
Una de las tensiones más interesantes que abre el ensayo de Meyer —aunque no la resuelva, porque no es su propósito— es la que existe entre la expectativa social que recae sobre el papado y la capacidad real de la institución para responder a ella. Cada nuevo papa hereda no solo un nombre y una doctrina, sino también un conjunto de demandas acumuladas: sobre la posición de la Iglesia ante la desigualdad global, ante los conflictos armados, ante las víctimas de abuso dentro de su propia estructura, ante las sociedades que se han secularizado sin abandonar la búsqueda de sentido.
León XIV hereda ese peso, como lo heredaron sus predecesores. La diferencia, si la hay, estará en cómo se posiciona ante las preguntas que el mundo le plantea a una institución que tiene dos mil años de historia y que sigue siendo, para bien o para mal, un actor de primer orden en la conversación sobre los valores que organizan la vida colectiva.
La metáfora del anillo, en ese sentido, resulta más útil que cualquier análisis burocrático. No porque la Iglesia sea Mordor ni el papa Frodo, sino porque la imagen de Tolkien captura algo real: el poder institucional tiene vida propia, y quienes lo ejercen deben decidir constantemente si lo portan o si lo cargan.
Por qué este ensayo importa más allá del comentario literario
Los textos de Meyer rara vez son solo lo que parecen en la superficie. Detrás de la referencia tolkieniana hay una pregunta histórica y política de fondo: ¿puede una institución tan antigua como el papado reformarse sin perder lo que la hace reconocible? ¿Puede ejercer poder moral en un mundo fragmentado sin caer en la trampa del poder por el poder?
Esas preguntas no tienen respuesta fácil, y Meyer no pretende darla. Pero el hecho de plantearlas desde un espacio de opinión pública, con el rigor de un historiador y la libertad de un ensayista, es en sí mismo un acto relevante. Muestra que el papado sigue siendo un tema de la vida pública, no solo de la vida espiritual.
Lo que permanece, más allá del nombre elegido y de la metáfora literaria, es la pregunta sobre cómo las instituciones con poder simbólico navegan el presente. No solo la Iglesia. También los Estados, los tribunales, los parlamentos. Todas las instituciones que heredan autoridad del pasado enfrentan la misma tensión que Meyer identifica con elegancia: el peso del anillo no disminuye por las buenas intenciones de quien lo porta.

