El nepotismo en Coyoacán vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que la política local mexicana nunca ha logrado resolver del todo: la distancia que separa el ejercicio del cargo público de la administración patrimonial del poder. Raúl Rodríguez Cortés, columnista de El Universal, señala en su más reciente texto que prácticas de amiguismo y nepotismo se estarían reproduciendo en esa alcaldía capitalina, una de las demarcaciones con mayor visibilidad simbólica y política de la Ciudad de México. La denuncia, aunque formulada desde la opinión, apunta a un patrón que no es nuevo, pero que cada vez resulta más difícil de ignorar.
Lo que está en juego no es solo la conducta de un funcionario o una administración particular. Es la pregunta más incómoda de la gestión pública local: ¿hasta qué punto las alcaldías operan como instituciones al servicio ciudadano y hasta qué punto como plataformas de beneficio para quienes detentan el poder en turno? Esa tensión, presente en distintas demarcaciones de la capital y del país, tiene consecuencias directas sobre la calidad de los servicios, la asignación de recursos y la confianza que los ciudadanos depositan en sus gobiernos más cercanos.
El amiguismo como sistema, no como excepción
Hablar de amiguismo en la política mexicana no es hablar de un vicio aislado. Es hablar de una lógica de funcionamiento que se reproduce con independencia del partido, la ideología o el ciclo electoral. La designación de personas cercanas —familiares, amigos, operadores de confianza— para ocupar cargos públicos responde en muchos casos a una racionalidad política elemental: garantizar lealtad, controlar información y consolidar redes que sostengan al titular en el cargo.
El problema es que esa racionalidad choca frontalmente con los principios básicos del servicio público: mérito, idoneidad, transparencia y rendición de cuentas. Cuando los puestos se distribuyen en función de la cercanía y no de la capacidad, las instituciones se debilitan desde adentro. No de manera dramática ni visible de inmediato, sino de forma gradual, casi imperceptible, hasta que el daño acumulado se convierte en disfunción estructural.
En el ámbito de las alcaldías, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Son los gobiernos más próximos a la vida cotidiana de los habitantes: administran el mantenimiento de parques, la atención en ventanillas, los permisos, los servicios básicos. Cuando esa administración se organiza alrededor de la confianza personal en lugar del criterio técnico, el ciudadano lo resiente antes de que cualquier informe oficial lo reconozca.
Coyoacán: una demarcación con peso político propio
Coyoacán no es una alcaldía cualquiera. Su densidad cultural, su historia política y su composición social la convierten en un termómetro sensible de lo que ocurre en la Ciudad de México. Ha sido escenario de disputas electorales relevantes y ha pasado por distintas administraciones con perfiles muy diferentes. Esa trayectoria la hace, también, un espacio donde las malas prácticas generan reacciones más visibles que en otras demarcaciones.
El hecho apunta a que los problemas de nepotismo y amiguismo, cuando se instalan en una alcaldía de este perfil, no son solo un asunto administrativo interno. Se vuelven un problema de legitimidad. La ciudadanía de Coyoacán —activa, informada, con tradición de participación— tiende a exigir más y a tolerar menos. Eso no garantiza correcciones automáticas, pero sí eleva el costo político de sostener prácticas que en otras circunstancias podrían pasar desapercibidas.
La opacidad en el gobierno local y sus consecuencias institucionales
Uno de los rasgos más persistentes del amiguismo y el nepotismo en el gobierno local es que operan en zonas de baja visibilidad institucional. Las alcaldías no están sometidas al mismo nivel de escrutinio que los poderes legislativo o ejecutivo a nivel federal o estatal. Sus estructuras de contratación, sus organigramas reales y sus flujos de decisión son, con frecuencia, poco transparentes.
Esa opacidad no es accidental. La información disponible permite observar que los gobiernos locales en México históricamente han tenido marcos de rendición de cuentas más débiles que los niveles superiores de gobierno, lo que genera condiciones propicias para que las prácticas denunciadas por columnistas como Rodríguez Cortés puedan consolidarse sin mayor resistencia institucional.
El movimiento puede leerse también como una señal sobre los límites del sistema de pesos y contrapesos en el ámbito municipal y delegacional. Cuando las instancias de vigilancia son débiles o dependientes del propio ejecutivo local, la denuncia pública —periodística, ciudadana, política— se convierte en el único mecanismo real de contención disponible. Eso es, en sí mismo, un síntoma de fragilidad institucional.
El debate que esta práctica abre sobre los gobiernos de proximidad
Más allá del caso particular, la discusión sobre el nepotismo en Coyoacán se inscribe en un debate más amplio sobre la calidad democrática de los gobiernos locales en México. La descentralización política de las últimas décadas amplió las facultades de alcaldías y municipios, pero no necesariamente fortaleció sus capacidades institucionales ni sus mecanismos de control.
El resultado es una paradoja: los ciudadanos tienen hoy gobiernos más cercanos, pero no siempre más responsables. La proximidad puede traducirse en mayor sensibilidad a las necesidades locales, pero también en mayor exposición a las redes informales de poder que operan por debajo del discurso institucional.
La decisión se inscribe en una tensión que atraviesa toda la administración pública: la que existe entre la confianza personal que necesita cualquier líder para gobernar y la imparcialidad institucional que el cargo exige. Encontrar ese equilibrio no es sencillo, pero ignorarlo tiene un precio que siempre termina pagando el ciudadano.
Lo que el escrutinio periodístico hace posible
Que una columna de opinión ponga el foco sobre estas prácticas no resuelve el problema, pero cumple una función que el sistema formal de controles no siempre está en condiciones de ejercer. El periodismo de observación política, cuando se ejerce con rigor y sin militancia, contribuye a mantener visible aquello que los poderes locales prefieren mantener en la penumbra.
Rodríguez Cortés no es el primero en señalar este tipo de prácticas en Coyoacán ni en otras demarcaciones de la capital. La reiteración de estas denuncias —más allá de su filiación política o editorial— configura un patrón que merece atención institucional sostenida, no solo cobertura episódica.
El nepotismo en Coyoacán, si se confirma en sus dimensiones, no es solo un problema de gestión. Es una señal sobre cómo se ejerce el poder en los espacios donde la política toca más directamente la vida de las personas. Y esa señal, por incómoda que resulte, es exactamente la que una democracia local funcional tendría que ser capaz de procesar.

